¿Qué haces cuando sin sentirlo aún, ya encoges tus pies y dilatas tus ojos de dolor?.
Sin casi notarlo, sin pensarlo, te arrinconas en una pared y entrelazas tus brazos frente a tus piernas, como esperando el golpe frío del viento, el aliento cancerígeno, la brisa tortuosa del dolor que se acurruca a tu lado.
Es cuando piensas que no eres tan valiente como creías, que eres como cría extraviada en medio de un bosque oscuro, que estás aterrada y que te sientes sola.
Porque hay dolores que se pueden gritar a los vientos, que se comparten con el mundo, que nos cubren de compasión y empatía; pero están los dolores que se deben mantener a la sombra, los que se arrastran en silencio, los que se cubren con maquillaje, con sonrisas, con frases cortantes.
¿Qué haces cuando el dolor te aprisiona, te amordaza la boca y te jura que va a estar a tu lado por siempre?.
El dolor aún no llega, pero se siente cerca, viene de camino, tarde o temprano llegará, a gritarme a la cara mis imperfecciones y a sellarme los labios para que grite por dentro.
contra ese tipo de dolor, que por desgracia conozco muy bien, existe un remedio... aprisiónalo con palabras de tinta... y conviértelo en una historia o un poema... funciona... cordiales maullidos desde Madrid...
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