Qué es una MAN KILLER?

Una Man Killer es una mujer dinámica, enérgica, inteligente y decidida. Es la perfecta compañera para lograr las metas en común y tener libertad para lograr las personales.


Una Man Killer nunca será sumisa ni torpe al hablar, su voz es fuerte y decidida, sabe lo que quiere, lo que le beneficia y sabe cuando dejar atrás lo que no la ayuda a ser mejor.

Como todos una Man Killer tiene sus días malos, pero de ella misma depende de que solo sea eso, un día...


sábado, 7 de agosto de 2010

"A medias"


Cristina supo lo que es ser amada “a medias” durante toda su vida.

Cuando era pequeña compartía el amor de sus padres con 3 hermanos más, nunca logró ser de los cuatro la preferida de papá y mamá, estuvo muy cerca de serlo, ya que desde que nació cautivaba a todos con su belleza y con su inteligencia, pero aún así Cristina nunca cumplía con el último requisito que le permitiera ser amada completamente, por ejemplo no era la preferida de papá por el hecho de ser un poco torpe en los deportes, eso hacía que su hermana mayor fuera los ojos de su padre, por otro lado, tampoco era la preferida de mamá por que Cristina era un poco chillona al llorar y eso la exasperaba, por eso era su hermano menor el que iba junto a su mamá en cualquier reunión o evento familiar.

Luego Cristina conforme creció se rodeó de mucha gente que la estimaba.

Siempre responsable y con una actitud positiva Cristina era amada por todos, pero nuevamente “a medias”. Sus compañeros de trabajo al estimaban pero era casi seguro que ninguna estaría dispuesto a cubrirle un día de vacaciones, convidarle la mitad del sándwich del desayuno o darle un aventón a su casa, para su desgracia Cristina era espléndida pero pareciera que no lo suficiente.

Cristina tenía un grupo de amigos que la acompañan desde la secundaria, todos son muy unidos y han estado juntos en alegrías y en tristezas; todos quieren muchísimo a Cristina y ella los ama de una forma completa y sincera, pero inexplicablemente ellos la aman “a medias”: Cristina fue la única de todas sus amigas en la que no pensaron pedirle ser la madrina de alguno de sus hijos, nunca alguien del grupo pensó en Cristina como su madrina de bodas; la mejor amiga de Cristina, por la cual ella daría la vida, nunca la llama cuando necesita que alguien la escuche en medio de alguna crisis sentimental. Todos sus amigos hombres la ven como una gran mujer pero ninguno se arriesgaría a entablar una relación con ella, sienten que está un poco loca.

Ninguno de ellos saldría en su auxilio a media noche en una noche lluviosa, tampoco le harían el favor de cuidar su perro un fin de semana, ninguno de ellos la ama lo suficiente para hacer estos y otros sacrificios.

La vida siguió transcurriendo y Cristina que nunca se había percatado de su situación empezó a darse cuenta de ella en el momento que el corazón se le aceleró por primera vez, cuando literalmente conoció el amor.

Cristina se entregaba completamente en sus relaciones, era una mujer comprensiva, “chineadora”, graciosa, “casi” de otro mundo. Los hombres se sentían atraídos por ella de una manera instantánea, era como un tentador caramelo de miel que todos querían saborear en la boca, sin embargo muchos preferían no caer en la tentación, era demasiado buena para ser real, pensaban unos.

Cristina tenía un record insuperable de ocasiones en que un hombre la había dejado plantada en un restaurante, un bar o bajo un aguacero en la parada de buses. Cristina tenia la paciencia de esperarlos por horas para que después con el corazón hecho nudo se resignara a volver a casa sin siquiera una llamada del fulano disculpándose por el plantón.

Cuando los hombres veian a Cristian quedaban fascinados y siempre querían verla de nuevo, por eso le decían que al dia siguiente o el fin de semana la llamarían para que salieran a pasear, eso nunca sucedía, y la pobre Cristina se quedaba en casa en tacones, con las piernas cruzadas comiendo helado frente al televisor.

Todos, absolutamente todos la amaban “a medias”. Nunca nadie le propuso matrimonio, de todas sus amigas fue la única que no se casó, nunca nadie le llevó serenata, tampoco supo lo que es que alguien le dedicara una canción o le declarara su amor en una carta. Nunca nadie lloró de amor por ella, nunca nadie lloró por no poseerla, se rodeó de hombres que al final adoptaron el papel de amigos, que la querían “a medias”.

Ella sabía que se dice que siempre en las relaciones hay alguien que ama más, lo que no entendía era por qué siempre era ella.

Cristina no comprendía por qué nunca podía llegar a sentir que alguien la amaba completamente, siempre era buena pero no excelente, era maravillosa pero no extraordinaria, era algo así como una réplica exacta de un diamante pero hecha de plástico.

Cuando Cristina cumplió los 50 años se dio cuenta de que había podido sobrevivir a su necesidad de ser amada uniendo las mitades de amor que sus padres, sus amigos y la vida le habían dado.

Ya con 52 años se hizo acompañar de un caballero que curiosamente también la amaba “a medias”. El “esposo” de Cristina la apreciaba pero nunca le confiaba sus sentimientos, Cristina nunca escuchó salir de su boca ni siquiera un “te quiero”, él nunca se preocupó por saber de sus gustos, siempre le regalaba una bufanda en sus cumpleaños, y aunque él disfrutaba de su compañía ella sabía que su alma estaba reposando en otros brazos.

Cristina esperó hasta el final de sus días encontrar un amor completo, algunas veces pensó que tal vez lo hubiera encontrado en un hijo, que al ser sangre de su sangre debería heredar su capacidad de amar sin límites, pero nunca lo pudo comprobar.

Ahora Cristina ya no está, y ninguno de nosotros podemos asegurar que haya encontrado el amor completo y puro que anhelaba más allá de la vida, aunque esa es la esperanza con la que cerró sus ojos el día de su muerte.

Y así como fue su vida así es la lápida de la tumba de Cristina, la cual no tiene ninguna leyenda más que su nombre, porque al final nadie la amó lo suficiente para inmortalizar en su tumba su amor por ella.

jueves, 5 de agosto de 2010

Ideas al aire


Aveces me gustaría tomarme de la mano, asirme por la cintura, sentarme en un muro, salir corriendo y dejarme abandonada.

Aveces me gustaría sentirme capaz de sostener en brazos las cosas más hermosas que me atemorizan, sin tener miedo a corromperlas de alguna manera.

Poder tomar las tristezas, triturarlas y convertirlas en confeti de colores para luego tirarlas al viento, para que planeen sin rumbo.

Sé que tengo poca vida para tantas preocupaciones y me he dado cuenta de que maniobrar tantos problemas y temores es difícil y que cuando éstos se me escurren y se precipitan hacia el suelo revientan y parece que se esfumaran, por eso estoy decidida desdoblar mi regazo y dejar que todas caigan y se hagan mil pedazos.

Estoy decidida a que un día cualquiera me pondré de pie en medio de la nada, con los pies juntos y la cabeza erguida, extenderé los brazos hasta donde el alma aguante, cerraré los ojos, escupiré un suspiro y esperaré aquello que el destino envíe a mis brazos.

Muy en el fondo espero que seas tú lo que llegue a mi encuentro.

Quiero tener la certeza de que los surcos que bordean las comisuras de mis labios sean la prueba de que en mi rostro se han esbozado mil y una sonrisa, de que las ojeras que cuelgan de mis ojos son resultado de velar tu sueño, que mi universo es tan vasto y escarchado como cuando tenía 5 años.

Quiero escribir sin guión definido, quiero gritar improperios sin restricción alguna, quiero ser yo con o sin maquillaje, siendo bella o deslucida, siendo espléndida o arrogante, ser yo a capela.

Quiero tapizar mi cielo con tus fotos, que hacia donde mire vea tu rostro; quiero contarte un secreto al oído mientras muerdo tu oreja, quiero decirte todo lo que siento.

Me gustaría desaparecer un año completo y saber si alguien extraña mi presencia, quiero saber lo que saben los muertos, quiero saber quién llorará sobre mi sepulcro.

Quisiera vivir en una caja de música, que me parezca estridente su dulce melodía, que la oscuridad de su interior sea mi compañera, y que el terciopelo que la cubre me acaricie el cuerpo.

La vida es tan corta, y mi cuerpo carnoso tan limitante, quiero beber elixir embriagante que me haga olvidar las limitaciones trazadas, que me haga olvidar tus palabras, que borre de mi cabeza lo que nunca quise ver.

Quisiera ser insignificante, tanto como para que no te enteres de que vivo en la cuenca de tus ojos.

Quisiera see insignificante, así como me siento en este momento.

martes, 3 de agosto de 2010

Quiero volver


Quiero volver a los días aquellos donde mi mayor falta grave era apretar nerviosamente un papel donde había copiado la materia de mi primer examen en la escuela: A, E, I, O, U.

Me gustaría volver a aquellos días cuando no necesitaba de maquillaje para ocultar sentimientos destrozados, esos días donde era bella, pequeña, delicada, cuando se apoderaba de mí la infantil belleza del que desconoce todo mientras no se percata que tiene todo un mundo a sus pies.

Quiero volver al tiempo donde pensaba que mi madre había nacido siéndolo, que mi abuela nunca fue niña y que la noche y el día eran tiempos igual de perfectos para jugar libremente.

Quiero volver a reírme viendo los cartoons de la mañana, comer tortillas con mantequilla y mancharme la gabacha, soplar con saliva y lágrimas los raspones de mis rodillas tierrosas.

Daría un día entero de mi vida por volver a subirme a los árboles y comer lo que encuentre, poder orinar rápidamente frente a mi casa porque si voy al baño me sacan del juego, ir al bar de la esquina, entrar como si nada, tomar un refresco y pedir que se lo cobren a mi progenitor.

Quiero volver al tiempo donde lo material no era importante, donde no me temblaba el pulso para rayar mis muñecas, pintar en las paredes o compartir mis juguetes.

Añoro cuando todo me parecía enorme: el espacio debajo de la mesa, el escondite debajo de la cama, el espacio debajo de la guantera del carro, la piscina donde me llevaban de paseo, todo era monumentalmente extenso.

Añoro la emoción pura de mis emociones infantiles: la risa desmedida, la alegría descontrolada y torpe, el llanto desgarrador y profundo, el miedo tenaz y punzante, la vergüenza acalorada, el egoísmo imponente y retador, la ternura antojadiza.

Pero tal vez lo que más añoro es la capacidad de reconocerme siempre, ante un espejo, ante una situación, ante la vida, nunca cuestionarme en que me he convertido, en qué momento dejé de ser yo para ser alguien más, estar convencida siempre y en todo lugar que yo soy la que vibra en este cuerpo.

...agua


Tuve por algún tiempo, no se precisar cuánto, empozada en mi mano una pequeña fuente de agua. El agua estaba apacible sumergida entre las grietas de mi palma, fresca e inmóvil.

Sabía que estaba ahí, a pesar de que no podía verla ni tocarla; saber que era mía no era suficiente motivo para hacerme feliz, porque muy en el fondo de mí sabía que había extraído de ella su dinamismo, su movimiento, su don de vida.; la había hecho prisionera sin ninguna intención.

Así que me decidí un día a abrir mi mano, desplegar mi palma y dejar que el agua viera la luz.

Pude observar como la luz se impregnaba en el agua como pequeños destellos tintineantes, como esta corría precipitándose al vacío en forma de pequeñas y húmedas venas, pude ver como el agua se escurría por mis dedos y me abandonaba.

Entonces al percatarme de esto traté de cerrar de nuevo mi mano y retenerla conmigo, pero ya era tarde, ya toda se había ido, dejando una sensación húmeda que se esfumó rápidamente con la brisa.

La tristeza me abrazó por la espalda, y me lamió con su repugnante lengua la oreja. Me estaba dando cuenta de que ahora ya no poseía nada, y aquello que me daba vida, que me daba aliento desapareció de mi mano, no supe manejar su existencia, no supe hacerla parte de mí.

Tal vez –pensé luego- aún el agua estaría posada en mi mano si nunca la hubiera tenido cautiva, aun refrescaría mi cuerpo si la hubiera dejado libre, si no hubiera posado sobre ella mis dedos hundiéndola en la oscuridad.

Ahora ya es tarde y he quedado sola, sin aquello que sustenta la vida, sin aquello que sin saberlo me complementaba.

lunes, 19 de julio de 2010

DIOS


Luego de mucho pensarlo y de haber revuelto y ahogado más de una vez esta teoría en la tazas de té de media tarde se me hace casi más certero el hecho de que Dios ha diseñado una serie de pruebas las cuales aplica de manera aleatoria a mi existencia.

Cuales son los motivos que lo han llevado a esto? Ni idea, sus motivaciones son tan divinas e invisibles como su propia existencia, pero suelo pensar que su posición frente a mí radica del simple hecho de que está harto de que lo jorobe tanto, que está harto de mi versión pachanguera del libre albedrío.

Pues es así como he detectado que Dios ha comenzado por hacerme pasar pequeñas pruebas que en sumatoria desequilibran mi ya automatizado estilo de supervivencia.

Percibo la mano divina, siento en el aire como flota la esencia de un autor intelectual carente de carne y hueso, que lleva hasta su diestra mi humilde e insignificante existencia, siento como me toma de un brazo y de una pierna y empieza a jalar cada extremo para averiguar que tanto me puedo estirar.

Es en ese preciso momento cuando en mi realidad terrenal siento como las cosas se empiezan a tornar color de hormiga, se ponen peludas, se ponen espesas. Es también en ese preciso momento en que Dios espera que ponga a trabajar los dones de raciocinio y creatividad que nos hacen tan únicos. Aveces sus mejillas se contraen dando paso a una angelical sonrisa, un gesto de satisfacción por mi reacción ante su prueba, otras tantas se lleva las manos a su inmaculada cabeza, se jala sus blancos cabellos y se “rasga las vestiduras” al ver mi bestial reacción.

De vez en cuando, como resultado de estas animaladas me manda una patada, para que me despierte y no pierda el rumbo, porque está en su naturaleza ser misericordioso, punto a favor nuestro.

Yo se que ÉL estaría más complacido si escuchara de mí más a menudo, si lo buscara con más ahínco y más fervor, si le pidiera más favores, si le agradeciera aún más y si callara un poco mis lamentos e incomodidades; por eso espero que en mi torpe oración, en mi ruego sincero, en cada vez que lo nombro en mi mente y le cuento mis desventuras encuentre la esencia de mi sentir, de mi amor eterno.

Lo confieso


Confieso que canto (o ronco?) canciones de hace 500 años, como “Venus” de Avalon o “I'm Sorry” de Brenda Lee, y aunque nadie me lo crea, no contesto teléfono cuando éstas suenan.

Confieso que me encanta caminar bajo la lluvia, sola o acompañada, a paso lento y alivianada.

Confieso que me ataca el hipo siempre que tomo el primer sorbo de Coca Cola, que me gustan las botas altas, los libros de terror y ver resúmenes deportivos.

Confieso que odio levantarme tarde un fin de semana, que me gusta descansar en el sofá de la sala, boca arriba, mientras Surimi, mi perra, se echa encima de mí, ambas con la mente en blanco.

Confieso que tengo adicción al chocolate, que me deleita cómo suena mi nombre, que me gusta usar medias largas y que me siento asfixiada un domingo en la casa.

Confieso que aveces me quedo dormida mientras escribo, que según mi jefa tengo los sueños más extraños que ha oído, que me lavo los dientes al llegar a mi casa para que no me den ganas de comer mucha cochinada.

Confieso que se me olvidan los secretos que la gente me comenta, que me aburren las cosas de “nenas”, que amo andar descalza y que se me olvidan los cumpleaños.

Confieso que me gusta el arroz con leche frío, la olla de carne añeja, la manzana roja con limón y que detesto el café.

Confieso que tengo cierta debilidad por los hombres, me desvelo por los perros y pierdo las llaves de mi casa con frecuencia.

Confieso que me encanta andar en pijama, fantasear en voz alta y caminar sin rumbo fijo.

Confieso que hay alguien que me gusta pero que me ignora, que odio los peluches y a los hombres con mala ortografía.

Confieso que me gusta “Las Meninas” de Velasquez, “Dance” de Mucha y “El Beso” de Klimt.

Confieso que aveces me dan ganas de fumarme un habano, de no peinarme a diario, de correr envuelta en un paño; de darle un beso apretado a un extraño, de comerme algo sin pagarlo.

Confieso que me gustan los dulces, que me aturden los metiches, que me gusta reventar espinillas, que me peso una vez al día, que aveces me duermo sin lavarme los dientes, que todos los días desayuno cereal con leche.

Confieso que casi no veo tele, que me gusta pintar en las paredes, que me siento fuera de lugar muy frecuentemente, que mi papá me asusta cuando me habla fuerte.

Confieso que le debo plata a todo el mundo, que me gusta escaparme de la rutina sin previo aviso, que no soy capaz de comprar lotería y que siempre llevo mi propia bolsa al súper.

Confieso que no sé silbar, que he sufrido dos parálisis faciales y que siempre pierdo las apuestas (bueno, casi siempre).

Confieso que soy una descarada, que no tengo problemas en sentirme consentida, pero que a la vez no me gusta que se acerquen demasiado a mí.

Confieso que todo se me olvida, que tengo problemas con la disciplina y que a pesar de todo existe gente en este mundo que me ama, y es a esa gente a la que le digo Gracias!.

domingo, 4 de julio de 2010

Vamos, sentémonos a conversar


Vamos, sentémonos a conversar.

Acerca la silla que descansa su respaldar en la fría pared y calienta con tu cuerpo su forro de cuerina. Haz de cuenta que es la primera vez que tratamos de no ir al punto sin sentir que nos queman las ansias por dentro.

Yo prefiero sentarme en el suelo, frente a tí, así si algo de lo que te diga te sonroja podré ver tu deliciosa expresión.

Puedo meter mi pie entre el ruedo de tu pantalón?, si eso te desconcetra házmelo saber.

Lánzate al abismo, saca el primer tema de conversación de nuestra velada, que entre nosotros las palabras fluyen como ríos caudalosos sin control, y con la misma fuerza de una despiadada cabeza de agua se llevan al tiempo entre sus garras.

Es inevitable no seguirte el verbo, me atrapa el olor de tus pensamientos.

Hablamos por horas, sin mirar el reloj, sin recordar compromisos, sin pensar en consecuencias, por que la peor de ellas, en este momento, es no poder soltar al aire las palabras que ahora revolotean frente a nosotros; no podemos privar a nuestras gargantas de sentirse rozadas por ellas.

Inclinate un poco, dame un beso que me alerte de que el tema se ha consumido y tenemos que comenzar otro. Mirame como quién no piensa en nada pero abarrota su mente de pensamientos, pensamientos que no van más allá de este pequeño lugar.

Quieres vino para apaciguar la resequedad de tu boca?, aunque disimulas puedo notar que lo necesitas; para seguir hablando de cosas que nadie más entiende hay que humedecer el cuerpo.

Te propongo un tema, el cual siempre aceptas, sabes que al final terminaremos por hablar del mismo tema al cual llegamos todas nuestras noches.

Me pones en jaque, insistes en desbalancearme, quieres ver que tan frágil puedo llegar a ser y me bombardeas con frases y datos, esperas que mi respuestas estén a la altura de tu apuesta, de la apuesta que hiciste al quedarte conmigo.

Nunca he guardado silencio, te veo directamente a los ojos y aunque sé que notas como me derrito por dentro te expongo mi punto de vista, mi opinión, te das por satisfecho y continuamos con nuestro idilio verbal.

Y así transcurren las horas, y aunque resentido el cuerpo pide descanso hacemos caso omiso a su reclamo, por que cada noche es como si fuera la última, y así podría ser.

Acercame mi cartera, es tarde y me quiero ir, pero mientras lo haces sigue hablando y si notas que bajo mi cabeza no te sientas mal, es sólo que quiero verme para poder constatar de que realmente estoy aquí, de que no estoy soñando.