Qué es una MAN KILLER?

Una Man Killer es una mujer dinámica, enérgica, inteligente y decidida. Es la perfecta compañera para lograr las metas en común y tener libertad para lograr las personales.


Una Man Killer nunca será sumisa ni torpe al hablar, su voz es fuerte y decidida, sabe lo que quiere, lo que le beneficia y sabe cuando dejar atrás lo que no la ayuda a ser mejor.

Como todos una Man Killer tiene sus días malos, pero de ella misma depende de que solo sea eso, un día...


jueves, 8 de abril de 2010

La gula y la hambruna

La gula y la hambruna son hijas del caos; la desigualdad ha sido su madre, quien las ha cobijado bajo su seno por siglos.

Desde siempre hermanas inseparables, letales en su andar y en su haber, carnívoras por naturaleza, carroñeras de voluntades.

Ambas pecan de homicidas y de tener técnicas de tortura extremadamente diferentes.

Como todas las hermanas guardan sus similitudes, pero en sus diferencias están sus mayores fortalezas. La sociedad las ha unido cual siamesas, deambulan del brazo quebrantando voluntades y apagando las llamas de la vida de los simples mortales.

Es casi imposible saber quién es la mayor de las hermanas, ya que aunque a simple vista su personificación sea totalmente opuesta, la magnitud de sus obras a lo largo de la historia las hace inmensurablemente parecidas, en antigüedad y en trascendencia.

Parientes del exceso y del extremo, gula y hambruna se devoran mutuamente la cabeza de cuando en cuando y se desgarran con un grito mudo las gargantas; viven apiladas una encima de otra y despiden un hedor particular.

Gula se hace acompañar la mayoría de las ocasiones por la abundancia y el egoísmo, y con ellos perpetúa un aquelarre de excesos, incapaces de ser soportados por lo frágiles cuerpos de los seres humanos, que tarde o temprano explotan ante su propia voracidad.

Y así en esa seductora danza donde todo se tiene a granel es donde el hombre muere ahogado en sus propios excesos, muere asfixiado por los latidos de un corazón seboso, muere encerrado en un cuerpo inmanejable, muere sofocado entre mares de placebos con los cuales busca calmar los estragos que ha cometido a sí mismo. Es cuando cesa la música de esta danza, que ha bailado durante tantos años, que el hombre se comienza a despertar de su libertinaje oral, donde solo supo satisfacer su voracidad, violentando sin misericordia su materia; sin embargo la gula como todo castigador silencioso y calculador marca a estos desdichados con secuelas difíciles de borrar, que los incita a volver al vicio del desorden, del caos, del exceso.

Protegiéndose de la luminosidad del día, sentándose a la sombra de la gula, la hambruna repasa con su mirada las atrocidades de su hermana; mientras que con su largo, frío y exageradamente delgado dedo índice escarba la piel adherida a los huesos de aquellos que a falta de bocado murieron entre las grietas de la tierra marchita y polvorienta.

Tan ávida como letal, la hambruna se filtra entre las desesperanzas de aquellos que no ven más futuro que la noche del día que los abruma.

La hambruna masajea los huesudos hombros de los desvalidos sólo para posar sobre ellos sus largas piernas y hacerse cargar como un niño indefenso. De semblante incoloro, se mueve con gracia demoníaca, acertando con exactitud el dardo de la agonía en aquellos que ve doblar las rodillas en medio de la desolación.

No hay alivio que calme los clamores internos de un cuerpo sediento y colapsado, no hay esperanza de vida eterna que doblegue la necesidad del cuerpo terrenal de los que nacieron desnudos y despojados; no hay descanso en esta vida para aquellos que viven en compañía de la hambruna.
La hambruna recorre kilómetros a través de la tierra creando a su paso ejércitos de esqueletos acorazonados y temblorosos, que arrastran sus pies mientras caminan sin destino. Ara con sus dedos la tierra y la revuelve exponiéndola al sol, para que ésta se quiebre y desista de producir alimento.

La hambruna se revuelca entre la pobreza y la miseria y con ellas consume la vitalidad de lo que las rodea, no conocen límites, son asesinas seriales sin misericordia.

Se vigoriza cuando se aliada con la guerra, quien es su musa predilecta, a la que dedica sus mayores devastaciones.

Con movimientos de una rapidez sobrenatural la hambruna liquida segundo a segundo a sus víctimas, mientras se retuerce de rabia y se irrita al observar la indiferencia de su hermana ante sus brutalidades.

Viviendo en el pecado, abandonándose al deseo, al placer, al apetito, la gula comparte hasta la intoxicación con los comensales de una gigantesca mesa. Ignora a su hermana de forma casi inconsciente, porque no puede derrochar atención en algo que no sea el vicio de atiborrar sus entrañas.

La gula es sin duda la hermana más complicada.

Es la que acoge a los súbditos más complejos, bajo su reino se consumen aquellos excedidos en la bebida, los excedidos en el lujo al comer, los glotones que comen más de lo que necesitan, los que vorazmente engullen sin importarles lo demás, incluso los que desperdician el alimento están al mismo nivel de los que comen más de lo que deben.

Es también la psicóloga, la psiquiatra, a la que acuden para llenar vacíos y desesperanzas, la que bachea las carencias emocionales y rellena con avidez los espacios vacíos donde deberían habitar el amor, el cariño, la paz, la fé.

La hambruna y la gula son hijas del caos y de la desigualdad, pero estos son simples padres adoptivos que han hecho germinar un fruto que proviene de nuestra propia carne, de nuestro “ser integral”, un ser que involuciona, que se desmiembra con el pasar de las décadas y que pierde su equilibro.

El desmembramiento de nuestro ser integral, que en otras palabras es la misma humanidad, es la decadencia de nuestra conciencia social, es pasar de nuevo al “yo” y dejar atrás el “nosotros”, es sufrir de ceguera egocéntrica y no percatarse de la putrefacción acaecida en los miembros, que aislados no son capaces de sostener la estructura general, es algo así como querer blindar un cerebro con paredes hechas de papel de china. El desmoronamiento de esos miembros es el preludio de nuestro propio declive.

Y mientras poco a poco algunos despertamos de nuestro letargo milenario y caemos en la cuenta de lo que nosotros mismos hemos propiciado, la hambruna y la gula seguirán rodando por el mundo, armadas hasta los dientes, desgarrando carne y hueso y apuntándonos con un dedo acusador, mientras se ríen de nosotros en nuestras propias caras.

martes, 23 de marzo de 2010

Hoy Gabriela cumple 10 años de casada

Y cuando comienza a recordar todo lo vivido durante estos 10 años le parece que sus memorias sólo le dan para recrear mentalmente unos 6, eso da como resultado 4 años de vida matrimonial en lo que no sabe que carajos pasó.

Hoy llegó temprano del trabajo y tal y como acordó con su marido dejó a los niños con su madre, para poder tener un tiempo a solas. Hace unos 7 años atrás eso de tener un tiempo sólo para ellos le causaba mariposas en el estómago, ahora solo le causa un movimiento intestinal.

Gabriela se casó con Ignacio, con el cual tuvo un noviazgo de más o menos 5 años, entre los cuales sufrieron dos separaciones: una como a los 2 años cuando Gabriela encontró a Ignacio masajeando a su desnuda compañera de trabajo. La otra más o menos a los 4 años de noviazgo, cuando Ignacio encontró a Gabriela masajeando a la desnuda compañera mencionada anteriormente y a un par de caballeros. Luego de ambas experiencias optaron por cortar definitivamente cualquier contacto con la compañera de Ignacio, aunque muy en el fondo era posible que en cierto momento a los dos, por separado, les cruzó la idea de invitarla a una "fiesta privada", pero eso definitivamente era avivar un fuego que querían extinguir.

Gabriela nunca fue buena para la cocina, nunca pudo hacer una receta al pie de la letra, su impulso por agregar o quitar elementos que le resultaran necesarios o superfluos convertían sus platillos culinarios en verdaderos entes del más allá. Previendo esto, Ignacio pasaría de camino a su casa a un restaurante japonés, compraría unos cuantos rollos de sushi, edamame y un poco de sake para él, por que Gabriela no toma.

Cada año, justo en su aniversario, mientras espera a que su esposo llegue a casa, Gabriela se sienta en el sofá junto a la ventana, la abre completamente y deja colarse el frío viento nocturno, mientras ella exhala el humo de un cigarrillo. Es en ese momento cuando  imagina las cosas que no fue pero que aún sueña ser, recuerda a su familia y lo mucho que le gustaba convivir con ella, recuerda a sus amigas de juventud y siente que se le sale el alma por la boca.

Pero es inevitable que junto a todos esos recuerdos y sueños, se mezclen las risas de sus hijos cuando ella los persigue hasta el jardín, las lágrimas de su esposo en pleno ataque de cosquillas, las tantas veces que se han duchado juntos y entre borbollones de agua se besan frenéticamente, sus ojos adormecidos cuidando el sueño de alguno de sus hijos cuando tuvo una pesadilla, los cientos de espantosos regalos del día de la madre que sus pequeños le llevan cada año y que ya no sabe donde guardar, las tardes de sol agotador tirados en el césped de la mano viendo el cielo. Cuando todo esto llega a su cabeza se da cuenta que todo lo que añora, lo que ha sacrificado, la vida se lo ha recompensado por otro lado.

Aveces cuando llega al punto de la depresión profunda, aquella que le señala y le recuerda todo lo que no ha logrado ser, son esas vivencias las que la hacen ponerse de pie y querer lanzarse al vacío, sin pensar en nada ni en nadie.

Gabriela aunque fue capaz de aprender varios idiomas, a manejar, a hacer café sin vomitarse al sentir su olor, a sacar las peores manchas de la camisa de su esposo, nunca aprendió a ser madre ni esposa. Sabia que su nota era deficiente en ambas profesiones, y aunque la mayoría de las veces daba su mejor esfuerzo y se empeñaba en sacar la tarea simplemente siente que no nació para tales oficios.
 
No era extraño que ella se obsesionara con compararse con las demás cacatúas del barrio cuando inevitablemente se pavoneaban cerca de ella en las juntas de la escuela, juntas que Gabriela detestaba a morir, o en los actos cívicos, para los cuales la mayoría de ellas se mataban horas y horas confeccionando atuendos, o tratando de que sus hijos se aprendieran las líneas del poema que tenían que recitar o ejecutando una y otra vez un paso de baile especial.
 
Gabriela nunca confeccionó un traje, leyó poemas o practicó pasos de baile con ninguno de sus tres hijos, normalmente alguna tía o su madre se encargaban de ayudar a los chicos con sus deberes y manualidades.
 
Y eso es sólo un pequeño ejemplo de lo que para Gabriela era el hecho de nunca haber activado el chip de madre; había mucho más: nunca supo que remedio era bueno para "x" enfermedad que tuvieran sus hijos, nunca descubrió cual era el postre preferido de cada uno, nunca les escribió una carta de amor, nunca los abrigó cuando ella tenía frío, nunca les castigó por jugar con tierra, por comer lombrices o chicles tierrosos, nunca les comparó con otros niños, nunca les prohibió eructar en público.
 
Sin embargo, y tal vez de forma no premeditada, les enseñó a ser honestos, responsables y revolucionarios en todo lo que se propusieran. Les enseñó caminar derecho, a saludar a las demás personas, a devolver la plata extra de un "vuelto", a atarse los zapatos en 3 segundos, a enrollar las medias, a no sacarse los mocos en público, a lavarse las manos después de ir al baño, a debatir temas basándose en hechos y datos, a pedir perdón de corazón, a no golpear a alguien a menos de que realmente se lo merezca, a defenderse entre ellos, a no disculparse de algo de lo cual no sean responsables.

Como esposa Gabriela tambien era un modelo inoperante; la presión que ejercían tías, abuelas, primas, hermanas, cuñadas y suegras, todas másters en el arte de ser esposa, diosas de la excelencia y la sumisión mimetizada, le producía vértigo. 

Gabriela sabía que sus dientes rechinantes y el desgaste que les producían al friccionarlos durante todas las noches se debía a la tortura de tener que lidiar con ese ejército de arpías, que estaban al acecho, midiendo cada una de sus acciones.

Durante años Gabriela estudió el comportamiento de todas estas señoronas, y repitió una y mil veces sus costumbres, sus delicadezas y ademanes, llegando apropiarse de la personalidad de estas mujeres en todos los sentidos: comía como ellas, reía como ellas, manipulaba como ellas, se excitaba como ellas, se desvivía como ellas en hacerse notar, practicamente pretendiendo ser alguien que no era, alguien que realmente odiaba.


Un par de años le tomó darse cuenta que nunca la presión por ser esposa modelo provino de su esposo, quien siempre la quiso como era.

Ignacio amaba verla roncar mientras dormía placidamente, amaba verla hacer pucheros manipuladores, verla enredarse en sus propias y fantasiosas mentiras, sentarse con ella dos días enteros frente al televisor y sin bañar, verla como al llegar a la fila de pago en el super sacaba todo lo que no pensaba llevar a lo dejaba en cualquier góndola, verla pintar en camisón sus espantosas pinturas.

Para cuando Gabriela se percató de la hora, ya habían pasado dos de estar frente a la ventana.
En cualquier momento Ignacio entraría por la puerta principal, dejaría la comida encima de la mesa, se quitaría el saco y le daría un beso en la frente.

Ignacio fue el enamorado secreto de Gabriela por más de un año; era tan secreto que ella no supo de su existencia hasta que por casualidad una vez esperó el bus a su lado. Cuando ella lo miró no pasó nada, era como un cero a la izquierda, otro poste de luz, una señal de tránsito que le cubría de la lluvia. Cuando él la miró sintió cómo se le derretía el pecho y cómo su incandescente corazón se aceleraba cada vez más.

Cuando trató de hablarle se le atravesaron en la garganta varias frases que le obstruyeron el paso a la voz. Cuando ella observó cómo ese pobre hombre parecía que se atragantaba aguantó la risa y luego lo miró con las más pura y compasiva lástima.

En esa época Ignacio trabajaba frente a la oficina de Gabriela, por lo que no era dificil enviarle con alguno de los mensajeros notas de amor a su escritorio, notas que hacían a Gabriela enoloquecer de alegría.

Lo que nunca previó Ignacio es que un compañero de trabajo de su amada se proclamara autor de sus notas, y gozara a sus expensas de las caricias y miradas de su doncella.

Un día, después de varios meses de enviarle en sus notas pistas que le dieran a entender que era él quien escribía y ver cómo ella no captaba su mensaje se hartó, cruzó la calle que dividía sus oficinas, la buscó y antes de que pudiera agarrarla del cuello y decirle lo bruta que era le declaró su amor.

Después de ese día lo demás es historia, historia archivada en varios albumes de fotos que Gabriela termina de hojear cuando escucha como una llave se introduce en el cerrojo de la puerta principal.

Ignacio llega empapado por la lluvia, deja la comida encima de la mesa, se sacude como un perro callejero el exceso de agua, despeinándose un poco, luego deja el saco en el respaldar de una silla, se acerca a Gabriela pero antes de darle un beso en la frente cambia de dirección y le besa el inicio del seno derecho, luego la mira a los ojos y frota contra su mejilla su crecida, mojada y brillante barba.

Para este momento Gabriela ha dejado que todos sus sueños truncados, deseos fugaces, su inexperiencia como madre y su ineficiencia como esposa se esfumen con el ultimo suspiro del cigarrillo que agoniza en el cenicero.

Que todo se vaya al diablo- piensa Gabriela- mientras bebe del exilir placebo, el amor.
Olvidé comprar el edamame! - piensa Ignacio - mientras desliza su mano dentro de su blusa para acariciar su espalda.

jueves, 18 de marzo de 2010

Declaraciones de medianoche

Tira de mi cabello, fuerte y firme, jálalo hasta que sientas que tus propias uñas se encarnan en la piel de tus palmas, enróscalo entre tus dedos, permíteme sentir la energía de tus brazos, sabes que no hay dolor en esto, sólo ganas de sentirme viva.

Aprieta mi brazo hasta que éste colapse, detén el fluido de su sangre caliente, estréchalo con decisión, no lo sueltes, aférrate a él como un niño asustado a su almohada.

Dame un abrazo que me corte la respiración, que me nuble el pensamiento, que me deje sin aliento. Rodéame con un abrazo que me duela una semana entera, que me produzca una sonrisa lastimada.

Cúbreme los ojos, no dejes que vea más allá de lo que debo ver, ciégame por un instante, déjame imaginar en medio de la oscuridad como debería ser mi mundo perfecto.

Aráñame con tu barba, crecida y abundante, deslízala por mis mejillas y tornéalas rojizas.

Hazme cosquillas hasta llorar mi rendición, saca mi carcajada más profunda, contempla como pasan por medio de mi garganta para dispersarse con el viento.

Acaricia mis labios, sostenlos con fuerza, intenta arrancarlos para llevarlos contigo; adormécelos con un beso agridulce, sedúcelos con un delicado suspiro que corte mi respiración.

Presiona mi espalda hasta que se arquee con demencia, súrcala con tu dedo, dibuja en ella, oprímela hasta que sientas que debes caer rendido sobre toda su extensión.

Susurra en mi oído, dime aquello que nunca te has atrevido a decirme, desliza las palabras por sus surcos, recrea una armonía que produzca un eco eterno, dime que me amas aunque sea mentira.

Entrelaza mis manos con las tuyas, estréchalas como si fuera la última vez, desgárrame los nudillos, flexiona mis dedos a tu antojo.

Toca mi nariz con ternura infantil, hazme sentir como una infanta inocente, róbamela y devuélvela antes de que empiece a llorar.

Mírame y quiéreme, todo lo que ves es lo que soy, soy todo lo encantador y todo lo deslucido que admiras, soy todo lo que digo y más de lo que no.

Mírame y quiéreme, no hay caretas ni quimeras, no hay maquillaje ni disfraces, no tengo una cuartada que justifique mis carencias ni forma de exaltar mis bondades, sólo tengo tu mano dibujando círculos en mi muslo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Con Shakespeare, un cigarro y otros pensamientos

Así me encontré una tarde noche de jueves, sintiéndome una falsa bohemia (la música no contribuía a darle el toque final a la atmósfera digna de un errante, le sustraía el color sepía a la escena).

El bar vacío, a no ser por la mesera somnolienta, el bartender añejado y por un Shakespeare inmortalizado en cuadros al estilo pop art, gravados y alguna otra aberración artística.

Eran apenas las 6, faltaba una hora todavía para la película, "la teta asustada" (espero que ninguna de las mías salga afectada psicológicamente o con un cuadro de nervios alterados).

Mensajes van y vienen, estoy matando el tiempo a punta de teclazos de celular.

Inevitablemente pienso en que este lugar es perfecto para un encuentro fortuito, siniestro, prohibido... una mesa más a la derecha y estaría sentada en el lugar perfecto para robar un beso; tal vez una luz defectuosa que deje de agonizar y extinga su ruidoso parpadeo podría ser el preludio para pensar en algo más. Las posibilidades muchas, la mente poderosa y el cigarro asesinado en el fondo del cenicero.

Aún falta media hora y siento como si ya me salieran raíces, raíces afianzadas al suelo desde siglos atrás. Shakespeare me mira con cierta intriga, como queriendo adivinar mi siguiente movimiento: un sorbo de gaseosa o un beso al cigarro tal vez?.

Maniobro el tabaco como una bengala frente a su mirada de grafito y papel, esperando que siga la luz de la ceniza incandescente...
Pobre de mí, pobre de la que espera vida en algo inanimado!.

Sólo 8 minutos han transcurrido en el perezoso andar del tiempo, pero ya no importa, no hay prisa en mis pestañeos ni premura en mis pies, puedo quedarme aquí el resto de la vida y fumarme hasta que me consuma. 

domingo, 14 de marzo de 2010

La enfermedad

Alguien podría decirme si es posible morir de una sobredosis de chocolates, de besos o de frases halagadoras?.
Alguien me podría decir si fumar romances, ahogar martirios o inhalar rencores puede enfermarme?.
Alguien podría decirme si puede matarme un ataque de celos de 4 segundos?.
Alguien puede decirme si automedicarme con dosis de descontrol, gotas de amargura y cápsulas de desfachatez pueden producirme adicción?
Alguien puede decirme si esto que siento que me late en las venas es un síntoma que alerta mi enfermedad?. Es que acaso no puede ser sólo felicidad, espontánea y candorosa?.
Me tengo que declarar desahuciada sólo por que me tiembla el corazón y me lloran las llagas causadas por las aberraciones que salen de tu boca?.
Me tengo que sentir enferma por que no soy capaz de mantener a mi lado la cura a todos mis males?.
Acaso no tengo derecho de vivir a punta de placebos mientras encuentro la cura de mi innombrable afección?.
Alguien sabe por qué no me pude dar cuenta de lo enferma que estaba hasta que sin querer se me partieron los ojos en llanto?
Alguien sabe por qué no me pude dar cuenta de lo enferma que estaba hasta que sin querer tus palabras acaramelaron mis oídos, que en minutos devoraron las hormigas, mientras se enfriaba el momento?.
Alguien puede decirme por qué deliberadamente me dejé enfermar sabiendo que las tos sangrante que me produce, asedia mi garganta limitando mis palabras, convirtiéndolas en ademanes de obediencia y comformismo?.
Alguien me puede decir cómo me puedo conformar con tan poco cuanto estoy sedienta de mucho más?. Será acaso que la enfermedad que padezco me está comiendo el cerebro y no me permite ver más allá de lo que mi nublada y ulcerada vista permite?.
Alguien podría decirme por que la misma enfermedad que me mata es la que me acelera el corazón, estimula mi mente y pone a temblar mis piernas, como queriendo demostrarme la vida que llevo dentro?.

Por qué si esto es la crónica de una muerte anunciada no soy capaz de buscar cura a tiempo?... aveces pienso que se debe a que de todas las enfermedades que me pueden matar en esta vida de ésta seria de la que sin duda alguna me gustaría morir...

lunes, 1 de marzo de 2010

Busco a "Ánónimo". Cualquier información de su paradero será recompensada

Sumergida en las frases anónimas de sus comentarios. Así me encontré una que otra ocasión.

Más que un placer para mí ha sido todo un honor el saber que hay gente que lee mi blog, la mayoría ellos son queridos amigos que me apoyan con su lectura y alguno que otro transeúnte cibernético que se detiene despistadamente al ver que algo llama su atención. Más aún me llena de emoción y de un sentimiento de éxtasis el palpar en sus comentarios una riqueza literaria que quisiera poder encontrar más a menudo.

Es así como casi sin quererlo me he dado cuenta de que hay cierto “anónimo” pululando que me eriza los cabellos; sus sugestivas y seductoras frases son el complemento perfecto para mis entradas, la cereza en un queque helado.

Menuda e infructuosa tarea la de lograr adivinar el paradero de tan embriagador lector que me deleita con sus pequeños toques de delicioso verbo.

De quién se trata? No lo sé.

Sospecho de alguien? Definitivamente.

Pero mis sospechas se tambalean sobre bases hechas de viento, y mi intuición es un dechado de ambigüedades y corazonadas.

Por eso, mi querido y encantador anónimo, para ser exactos aquel que le encanta sentirse “nene” en los brazos de una rockola, tengo que confesarte que me tienes en tus manos, columpiándome al borde de la silla esperando tu comentario.

Y es que acaso está prohibido soñar con tener un alma gemela que se revuelque conmigo entre letras y frases?. No tengo derecho a querer, poseer y desear un amante literario que entienda mis necesidades de más y más palabras armoniosas, frases que aruñan espaldas y expresiones que muerden labios?.

Me niego a pensar que tales placeres me sean negados.

Es así que te pido mi querido anónimo que no dejes que mi sed resquebraje mi espera, escribe, escribe hasta que la inspiración se te coagule en las manos.

No me hagas esperar más de lo necesario…

martes, 23 de febrero de 2010

RENUNCIO

Renuncio a cualquier intento de seguir aparentando lo que no soy, a seguir siendo dulce de día y amarga de noche, a vivir en la condescendencia para evitar la trifulca, a decir que sí cuando de mi boca se resbala un rotundo no.

Renuncio al hecho de no poder hacer oídos sordos a las necedades de los ignorantes y a tener que aplaudir las mediocridades, a recompensar al menos esforzado y a sentir lástima por todo aquel que la sociedad señale con su frío dedo acusador.

Me rehúso a tener que seguir usando zapatos cuando me matan las ganas de sentir las piedras de la vida hundirse entre la carne de mis dedos, me resisto a seguir siendo obediente cuando lo único que me llena es la irreverencia del desacato.

Me niego a seguir en la fila cuando lo único que quiero es correr paralela a ella palmeando la cabeza de los somnolientos que la siguen, me niego a pintar sólo sobre papel cuando quiero llenar el mundo de colores.

Me opongo a tener que tararear cuando solo quiero cantar hasta que se me desgarre la garganta, me opongo a tener que seguir llorando a escondidas y en la penumbra cuando lo único que quiero es que el mundo entero se entere de mi dolor.

Me niego a silenciar mi opinión cuando lo único que me importa es que ésta sacuda mentes.

Renuncio a la idea de ser alguien que no quiero ser, renuncio a mi vida perfectamente confortable a cambio de un poco de tempestuosa inestabilidad.

Renuncio a mi utópica realidad sólo para poder sentir un buen golpe en la cara. Renuncio a las mentiras piadosas que me receto a diario a cambio de un futuro retador e incierto.

Renuncio a tener los pies aprisionados a la tierra para saltar al vacío de la aventura infinita.

Me rehúso a seguir bostezando cuando hay suspiros amontonándose en mis pulmones, a doblar las rodillas para recoger mis frutos cuando los más jugosos se yerguen en los árboles por encima de mi cabeza, a no poder amar con la intensidad que necesito sin tener miedo a no ser correspondida, a no reírme de mi inmensa y sabrosa estupidez.

Me niego a suicidar la dosis de inocencia que aún habita en mis adentros, a desaparecer el dulce que guardo bajo mi almohada.

Renuncio al feminismo enfermizo sólo para dejar salir a mi hombre interno a tomar una cerveza en el bar.

Renuncio al tortuguismo mental y al despilfarro de cerebros, a la duda frente a lo obvio, a las preguntas estúpidas.

Renuncio a los silencios vacíos que duren más de dos minutos, a la soledad que no sea restauradora, a la agonía ante lo inciertamente hiriente.  

Me rehúso a tener unos dientes perfectos y alineados cuando mi sonrisa debe ser muda, correcta e insípida.

Me rehúso a tener que callar mi carcajada cuando ésta es la única que sabe lo feliz que puedo estar.

Me niego a pesar menos para encajar más.

Me niego a dejar mis vicios porque me recuerdan lo humanamente imperfecta que soy.

Renuncio a pagar por pecados ajenos, que cada quien se queme en su infierno particular. Renuncio a mi inmunidad para pagar los delitos cometidos.

Me resisto a la idea de que no existen castillos en el cielo, sirenas en el mar, otros como yo y otros como tú.

Me niego a terminar de madurar, a dejar de correr bajo los aguaceros, a bañarme los domingos, a escribir lo que pienso, a demarcar límites, a sentir vergüenza, a dejar de escuchar música de viejitos.

Me niego a la idea de que no puedo ser diferente al resto y que debo seguir el patrón de vida del rebaño social del cual soy parte.

Me rehúso a negar mi existencia y a mantenerme en el exilio.

Y vos, a que renunciás?