Qué es una MAN KILLER?

Una Man Killer es una mujer dinámica, enérgica, inteligente y decidida. Es la perfecta compañera para lograr las metas en común y tener libertad para lograr las personales.


Una Man Killer nunca será sumisa ni torpe al hablar, su voz es fuerte y decidida, sabe lo que quiere, lo que le beneficia y sabe cuando dejar atrás lo que no la ayuda a ser mejor.

Como todos una Man Killer tiene sus días malos, pero de ella misma depende de que solo sea eso, un día...


miércoles, 26 de mayo de 2010

Ser una mujer normal pasó de moda


Una ManKiller es una mujer responsable.

Pero no responsable sólo por salir bella a la calle, cuidar a su bebé o cocinar sabroso para su familia.

No responsable sólo por sortearse entre la masculinidad del trabajo, la maternidad de la casa y lo femenino de sus pensamientos secretos.

No responsable sólo por cargar en sus hombros la misión de imprimir belleza con su femeneidad en el mundo.

O por contener la furia y violencia masculina con sus dotes de conciliación.

O por tener que pensar como hombre para salir a cazar en la jungla. Y en condiciones desiguales.

La ManKiller es una mujer responsable por mucho más que eso.

Es una mujer responsable porque sabe que el hombre hace todo por agradar mujeres.

Agradar a su madre, a su hija, a su esposa, a su novia, a una desconocida, a su jefa, a su Diosa virgen.

Responsable porque de sus exigencias a lo massculino se definen las metas de lo masculino.

Porque como representa lo que lo masculino busca, tiene que superarlo o dejarse ultrajar por él.

Porque el hombre o es un mentor que le da alas a una mujer y la despide en su vuelo infinito, o un agresor que la reprime para no descubrir su talón de aquiles.

La ManKiller es una mujer responsable, porque sabe que la evolución sigue su perfume.

Porque no es una femenista. Es una humanista que usa su belleza erótica -interna o externa- para dirigir el mundo hacia un lugar mejor.

Porque no es una resentida, tiene que dejar que lo masculino la deslumbre, conscientemente dejarse seducir, porque sin sus exquisitas curvas lo macho no tendría motivación de escalar sus jerarquías y construir nuevos mundos.

Es una mujer responsable, porque sabe que la testosterona necesita descubrir en ella lo femenino que ha perdido en sí.

Porque sabe que tanto hombre como mujer son mezclas de femenino y masculino. Fuerzas que no compiten, se complementan. Ella ha tenido que balancear sus fuerzas para ser más atractiva. El hombre se ha quedado atrás y ahora ha de ponerse al día.

La ManKiller es una musa con un arpa. Deleita lo masculino con sus suaves melodías, y le roba su espada para demostrarle que también es una guerrera.

Ahora lo masculino deberá aprender a tocar el arpa. Sólo la ManKiller podrá ayudarle.

Ser una mujer normal pasó de moda.

Los Hermanos Cervantes

martes, 25 de mayo de 2010

La decepción

No me mires con esos ojos dilatadamente acusadores, no puedes pavonearte ante mí con esa seguridad de quien levita sobre una cama de fuego sin ni siquiera sentir ardor, no puedes levantar tu dedo acusador para introducirlo en la herida de mi costado, cuando la tuya ya te carcome hasta la espalda. No es fácil pretender cambiar los hábitos de toda una vida, aún cuando no tenías la más mínima idea de que el cambio era una necesidad de alta criticidad.

No me mires de reojo con esa mueca de disgusto, que muchas veces te he visto en peores momentos y he tenido la delicadeza de que en mi cara no se marque el gesto que tú tienes ahora; lo que menos necesito es que te pongas el hábito de la vergüenza ajena y sientas compasión por mí; de cosas peores he salido victoriosa, con un carril de latentes cicatrices en las palmas de las manos, pero entera al fin y al cabo.

Te aterra que te toque cuando no lo esperas por que sientes que todo el mundo nos observa, pero sabes, a nadie le interesa lo que tú y yo hagamos en la oscuridad a plena luz del día.

Saca tu risa nerviosa y ponla en la mesita de noche, ten cuidado que no ruede y caiga al suelo, por que si eso sucediera te aseguro que la quiebro a patadas.

Deja de hacerme sentir como un extraño que supiera demasiado de tu vida, como un vicioso y un desadaptado, como un retrasado cantando canciones a la luna llena cual musa redonda y congelada en el centro del infinito, porque yo sé que me sigues el rastro, y caminas sobre las huellas que dejan mis zapatos; no finjas que no me conoces, porque a veces me conoces mejor que a tí mismo.

Recoge tus manos y mételas en el bolsillo, disimula el temblor que te produce mi presencia, piensas que soy como una enfermedad que flota por el aire y que sabe oler el miedo de las personas, cuando lo único que hago es leer los miedos que se escriben en tu pecho.

Dime lo que en este momento de mantiene la lengua enrollada en la boca, dime que me odias con todas las fuerzas de tu alma, que cada vez te decepciono más, que soy lo peor que ha pasado en tu vida, yo sé que tanto de eso que me quieres decir es verdad, lo sé porque tus ojos desmienten lo que tus labios vociferan.

He perdido el pudor y eso te preocupa, he perdido las llaves de mi casa y no tengo que volver y eso te mata de angustia, tengo todo el tiempo del mundo para tomármelo al ritmo que quiera sin tener que convidarte ni un poco y eso te enferma. No me culpes por tus cadenas que yo no fui quien te las puso, tampoco me reclames tus errores, tus carencias o tus preocupaciones que yo no estaba ahí cuando germinaron del tártaro, no me trates como un niño de brazos cuando ni siquiera ves que las lágrimas broten de mi ojos, no recurras al drama cuando nuestra vida se trata de una comedia.

Exhala un suspiro grande y melodioso que te haga reventar el pecho, tómame de la mano y mantente en silencio, es probable que escuches como los latidos de mi corazón recorren las venas de mi cuerpo, como un tambor que llama a la guerra a kilómetros de distancia. No estoy en guerra contigo ni con nadie, pero el latido siempre es fuerte y profundo, lleno de vida, tal vez te haga retroceder en tus impulsos de matarme a besos.

Cuando puedas vuélveme a mirar, pero no lo hagas con odio, miedo o compasión, hazlo con amor, puro y simple, estúpido y maniático como lo sentí en tí alguna vez; si no lo puedes hacer entonces no voltees, regresa por donde llegaste, cierra con furia la puerta para despertar de mi letargo y darme cuenta de que ya no estás.

No te atrevas a mirarme con esos ojos dilatadamente acusadores, que al fin y al cabo somos de la misma calaña, hijos igual de la desventura y el caos, destinados a nunca ser iguales que los demás y a exprimirle la vida a la felicidad hasta que ésta se seque para siempre.

miércoles, 19 de mayo de 2010

No quiero ser simple


Me niego a tolerar la simplicidad en la vida, abogo por que la mía sea un mar de complejidades y desafíos.

Deseo que todo lo que obtenga en esta vida esté cimentado sobre tortuosas jornadas de esfuerzo, sudor y sangre, sobre grandes decepciones y pequeños pero sustanciosos éxitos.

No espero terminar mi existencia pensando en que tuve una simple casa, un simple perro, un simple esposo, una simple vida, espero poder al final de mis tiempos reservar mis últimos suspiros para inventariar lo que poseí en materia y en espíritu y desgranarlo, elemento por elemento, partícula por partícula y sentirme dichosa por lo que logré en vida.

No quiero pensar con simpleza, ni moverme con el vaivén de las olas en las cuales todos flotan a la deriva, yo quiero nadar mar adentro, impulsada por el motor de mi ímpetu y las brazadas de un cuerpo nervudo y fibroso.

No deseo rodearme de gente simple, sin ambiciones o retos en su camino, no quiero a mi lado gente simple de pensamiento y de espíritu, que como figuras de cartón se doblegan ante las flagelaciones recibidas por el mundo; quiero compartir con el egoísta que busca alcanzar la cima de sus capacidades sin detenerse a llevar en hombros a los que cayeron y decidieron no continuar la travesía. Quiero tertuliar por siglos y siglos con los ilustres, los complejos, los autodidactas, los artistas, los genios para que de esa experiencia pueda definir mi propio grado de complejidad.

No puedo sobrevivir en un ecosistema de gran simpleza cuando pesa sobre mis hombros una evolución abarrotada de complejidad.

No espero regalos celestiales ni dones o el auxilio de la divina providencia, no quiero nada que tenga carácter de gratuito o divino, sólo quiero la aprobación del Creador y una mesa de trabajo para desplegar mis planes de vida sobre ella.

Sólo espero que mi sufrimiento sea bien retribuido, que mis sacrificios sean bien valorados y que las decisiones que tome en esta vida me permitan tomar grandes riesgos pero también gozar de grandes satisfacciones.

No quiero ser simple, no nací para serlo, mi carne, mi mente, mi cuerpo ya son de por sí un sistema complejo.

lunes, 3 de mayo de 2010

"Que la vida recta entre más se curva más sabrosa"

A partir de mañana dejaré de fumar

A partir de mañana dejaré de robarme las monedas que mi papá deja en la guantera del carro, dejaré de comerme el helado que religiosamente después de almuerzo saboreo con exquisito placer y haré dieta.

A partir de mañana me cortaré la barba que tanto asco le genera mi esposa, no eructaré en público, bajaré la tapa del baño, no me rascaré lo que me pica.

Prometo que mañana será el día en que deje de tomar licor, deje las fritangas y los dulces, elimine los panes y las mermeladas de mi vida, no vuelva a tomar café ni gaseosas y tampoco visitar restaurantes de comida rápida.

Cuando abra los ojos mañana temprano me haré la promesa de no darle más vuelta a mi mujer con la vecina, de no tener pensamientos enviciados cuando veo un par de colegialas, de no gastarme la quincena jugando y bebiendo con mis amigos.

Mañana seré otra persona, no volveré a mentir, ni a escaparme de clases, no voy a fumar marihuana, ni a bailar de forma sensual con alguien. No voy a volver a ver cine erótico ni pornos, no volveré a ir a esas fiestas donde terminas sudoroso y con la ropa al revés.

Mañana será el día en que dejaré de ser la amante, no volveré a desear lo ajeno y me conformaré con lo disponible en el mercado.

A partir de mañana no correré riesgos, viviré con lo necesario, doblegaré mis impulsos de grandeza.

Después de hoy prometo lavarme los dientes por lo menos 3 veces al día, tomar 8 vasos con agua, bañarme diario, apretar los glúteos varias repeticiones mientras manejo, hacer ejercicios para desaparecer la papada, meter el estómago mientras camino, hacer pesas todas las mañanas.

Mañana será el día en que deje pasar un chisme, ame a mi jefe y a mis compañeros de trabajo, sea más sociable, no mastique chicle, olvide a mis amigos y no vuelva a pasar por el bar los viernes.

Es así entonces, que le pido a Dios que el hoy no se acabe y que el mañana nunca llegue, porque ahora al ver lo hermosamente imperfecto que soy tengo miedo de lo que pueda encontrar cuando me mire al espejo mañana en la mañana.

Y si el mañana llega y cumplo con todo lo prometido, te pido me golpees hasta que sangre, que eso me recuerde que aún estoy vivo, y que la vida recta entre más se curva más sabrosa.

Perfecto sólo Dios, y así debe de seguir siendo.

lunes, 19 de abril de 2010

Déjame

Cuando escuche música déjame bailar al ritmo de mi corazón, sin la cadencia y gracia de un bailarín experto, llegará el momento en que mis pasos torpes no serán bien vistos.

Déjame chillar cuando algo me haga daño, cuando algo me moleste y me irrite, llegará el momento en que los demás callarán mis gritos y harán oídos sordos a mis quejas.

Déjame reír desaforadamente, deliciosamente y sin medida, llegará el momento en el que tendré que apaciguar mi algarabía y emplasticar mi sonrisa para que no sobrepase los límites de lo permitido.

Cuando me des de comer déjame meter las manos y saborear con el tacto lo que otras manos han cosechado, llegará el momento en que sólo por medio de utensilios fríos de metal podré llevar bocado a mi boca.

No me obligues a besar o abrazar a quién no quiero, déjame amar a quien siento que me ha amado, llegará el momento en que el beso de mi boca se prostituya y que llame amor a todo lo que me puede parecer que lo es.

Déjame llorar hasta que se me contraiga el pecho, hasta que me corran los mocos y la saliva por las mejillas y el mentón, llegará el momento en que en las horas oscuras tendré que hundir la cabeza en la almohada para que no me escuchen sollozar.

Déjame morder los dedos de mis pies y jugar con ellos, llegará el momento en que tendré problemas hasta para atarme los zapatos.

No me obligues a hacer mis gracias y trucos frente a todo el mundo, déjame hacerlo por iniciativa propia, llegará el momento en que me veré obligado a hacer los trucos que los demás me impongan a cambio de un salario.

Deja que me queje cuando quien me alza o abraza es alguien no grato para mí, llegará el momento en que me tendré que conformar con vivir rodeado de necios, ignorantes y arrogantes que constantemente me estarán picoteando los ojos.

Déjame ser dulcemente femenino y tiernamente masculino, déjame ser sutilmente asexuado, llegará el momento en que lo dulce y tierno de mi ser dictará de qué sexo me ve la sociedad.

Deja que me arranque las prensas del cabello o que tire al suelo mi gorra, llegará el momento en que me tendré que regir por una etiqueta y un protocolo.

Déjame comer tierra, coleccionar piedras y besar periquitos, llegará el momento en que necesitaré de aventuras de infancia que contar.

Déjame temblar de miedo y llorar de angustia a causa de la lluvia, el trueno o el monstruo del armario, llegará el momento en que le perderé el temor a lo que debería temerle de por vida.

Déjame decirte “te amo” mil y una vez aunque estés cansado o se te queme la cena, llegará el momento en que no nos tengamos mutuamente para decirnos cuanto nos queremos.
Con amor para Emily

jueves, 8 de abril de 2010

La gula y la hambruna

La gula y la hambruna son hijas del caos; la desigualdad ha sido su madre, quien las ha cobijado bajo su seno por siglos.

Desde siempre hermanas inseparables, letales en su andar y en su haber, carnívoras por naturaleza, carroñeras de voluntades.

Ambas pecan de homicidas y de tener técnicas de tortura extremadamente diferentes.

Como todas las hermanas guardan sus similitudes, pero en sus diferencias están sus mayores fortalezas. La sociedad las ha unido cual siamesas, deambulan del brazo quebrantando voluntades y apagando las llamas de la vida de los simples mortales.

Es casi imposible saber quién es la mayor de las hermanas, ya que aunque a simple vista su personificación sea totalmente opuesta, la magnitud de sus obras a lo largo de la historia las hace inmensurablemente parecidas, en antigüedad y en trascendencia.

Parientes del exceso y del extremo, gula y hambruna se devoran mutuamente la cabeza de cuando en cuando y se desgarran con un grito mudo las gargantas; viven apiladas una encima de otra y despiden un hedor particular.

Gula se hace acompañar la mayoría de las ocasiones por la abundancia y el egoísmo, y con ellos perpetúa un aquelarre de excesos, incapaces de ser soportados por lo frágiles cuerpos de los seres humanos, que tarde o temprano explotan ante su propia voracidad.

Y así en esa seductora danza donde todo se tiene a granel es donde el hombre muere ahogado en sus propios excesos, muere asfixiado por los latidos de un corazón seboso, muere encerrado en un cuerpo inmanejable, muere sofocado entre mares de placebos con los cuales busca calmar los estragos que ha cometido a sí mismo. Es cuando cesa la música de esta danza, que ha bailado durante tantos años, que el hombre se comienza a despertar de su libertinaje oral, donde solo supo satisfacer su voracidad, violentando sin misericordia su materia; sin embargo la gula como todo castigador silencioso y calculador marca a estos desdichados con secuelas difíciles de borrar, que los incita a volver al vicio del desorden, del caos, del exceso.

Protegiéndose de la luminosidad del día, sentándose a la sombra de la gula, la hambruna repasa con su mirada las atrocidades de su hermana; mientras que con su largo, frío y exageradamente delgado dedo índice escarba la piel adherida a los huesos de aquellos que a falta de bocado murieron entre las grietas de la tierra marchita y polvorienta.

Tan ávida como letal, la hambruna se filtra entre las desesperanzas de aquellos que no ven más futuro que la noche del día que los abruma.

La hambruna masajea los huesudos hombros de los desvalidos sólo para posar sobre ellos sus largas piernas y hacerse cargar como un niño indefenso. De semblante incoloro, se mueve con gracia demoníaca, acertando con exactitud el dardo de la agonía en aquellos que ve doblar las rodillas en medio de la desolación.

No hay alivio que calme los clamores internos de un cuerpo sediento y colapsado, no hay esperanza de vida eterna que doblegue la necesidad del cuerpo terrenal de los que nacieron desnudos y despojados; no hay descanso en esta vida para aquellos que viven en compañía de la hambruna.
La hambruna recorre kilómetros a través de la tierra creando a su paso ejércitos de esqueletos acorazonados y temblorosos, que arrastran sus pies mientras caminan sin destino. Ara con sus dedos la tierra y la revuelve exponiéndola al sol, para que ésta se quiebre y desista de producir alimento.

La hambruna se revuelca entre la pobreza y la miseria y con ellas consume la vitalidad de lo que las rodea, no conocen límites, son asesinas seriales sin misericordia.

Se vigoriza cuando se aliada con la guerra, quien es su musa predilecta, a la que dedica sus mayores devastaciones.

Con movimientos de una rapidez sobrenatural la hambruna liquida segundo a segundo a sus víctimas, mientras se retuerce de rabia y se irrita al observar la indiferencia de su hermana ante sus brutalidades.

Viviendo en el pecado, abandonándose al deseo, al placer, al apetito, la gula comparte hasta la intoxicación con los comensales de una gigantesca mesa. Ignora a su hermana de forma casi inconsciente, porque no puede derrochar atención en algo que no sea el vicio de atiborrar sus entrañas.

La gula es sin duda la hermana más complicada.

Es la que acoge a los súbditos más complejos, bajo su reino se consumen aquellos excedidos en la bebida, los excedidos en el lujo al comer, los glotones que comen más de lo que necesitan, los que vorazmente engullen sin importarles lo demás, incluso los que desperdician el alimento están al mismo nivel de los que comen más de lo que deben.

Es también la psicóloga, la psiquiatra, a la que acuden para llenar vacíos y desesperanzas, la que bachea las carencias emocionales y rellena con avidez los espacios vacíos donde deberían habitar el amor, el cariño, la paz, la fé.

La hambruna y la gula son hijas del caos y de la desigualdad, pero estos son simples padres adoptivos que han hecho germinar un fruto que proviene de nuestra propia carne, de nuestro “ser integral”, un ser que involuciona, que se desmiembra con el pasar de las décadas y que pierde su equilibro.

El desmembramiento de nuestro ser integral, que en otras palabras es la misma humanidad, es la decadencia de nuestra conciencia social, es pasar de nuevo al “yo” y dejar atrás el “nosotros”, es sufrir de ceguera egocéntrica y no percatarse de la putrefacción acaecida en los miembros, que aislados no son capaces de sostener la estructura general, es algo así como querer blindar un cerebro con paredes hechas de papel de china. El desmoronamiento de esos miembros es el preludio de nuestro propio declive.

Y mientras poco a poco algunos despertamos de nuestro letargo milenario y caemos en la cuenta de lo que nosotros mismos hemos propiciado, la hambruna y la gula seguirán rodando por el mundo, armadas hasta los dientes, desgarrando carne y hueso y apuntándonos con un dedo acusador, mientras se ríen de nosotros en nuestras propias caras.

martes, 23 de marzo de 2010

Hoy Gabriela cumple 10 años de casada

Y cuando comienza a recordar todo lo vivido durante estos 10 años le parece que sus memorias sólo le dan para recrear mentalmente unos 6, eso da como resultado 4 años de vida matrimonial en lo que no sabe que carajos pasó.

Hoy llegó temprano del trabajo y tal y como acordó con su marido dejó a los niños con su madre, para poder tener un tiempo a solas. Hace unos 7 años atrás eso de tener un tiempo sólo para ellos le causaba mariposas en el estómago, ahora solo le causa un movimiento intestinal.

Gabriela se casó con Ignacio, con el cual tuvo un noviazgo de más o menos 5 años, entre los cuales sufrieron dos separaciones: una como a los 2 años cuando Gabriela encontró a Ignacio masajeando a su desnuda compañera de trabajo. La otra más o menos a los 4 años de noviazgo, cuando Ignacio encontró a Gabriela masajeando a la desnuda compañera mencionada anteriormente y a un par de caballeros. Luego de ambas experiencias optaron por cortar definitivamente cualquier contacto con la compañera de Ignacio, aunque muy en el fondo era posible que en cierto momento a los dos, por separado, les cruzó la idea de invitarla a una "fiesta privada", pero eso definitivamente era avivar un fuego que querían extinguir.

Gabriela nunca fue buena para la cocina, nunca pudo hacer una receta al pie de la letra, su impulso por agregar o quitar elementos que le resultaran necesarios o superfluos convertían sus platillos culinarios en verdaderos entes del más allá. Previendo esto, Ignacio pasaría de camino a su casa a un restaurante japonés, compraría unos cuantos rollos de sushi, edamame y un poco de sake para él, por que Gabriela no toma.

Cada año, justo en su aniversario, mientras espera a que su esposo llegue a casa, Gabriela se sienta en el sofá junto a la ventana, la abre completamente y deja colarse el frío viento nocturno, mientras ella exhala el humo de un cigarrillo. Es en ese momento cuando  imagina las cosas que no fue pero que aún sueña ser, recuerda a su familia y lo mucho que le gustaba convivir con ella, recuerda a sus amigas de juventud y siente que se le sale el alma por la boca.

Pero es inevitable que junto a todos esos recuerdos y sueños, se mezclen las risas de sus hijos cuando ella los persigue hasta el jardín, las lágrimas de su esposo en pleno ataque de cosquillas, las tantas veces que se han duchado juntos y entre borbollones de agua se besan frenéticamente, sus ojos adormecidos cuidando el sueño de alguno de sus hijos cuando tuvo una pesadilla, los cientos de espantosos regalos del día de la madre que sus pequeños le llevan cada año y que ya no sabe donde guardar, las tardes de sol agotador tirados en el césped de la mano viendo el cielo. Cuando todo esto llega a su cabeza se da cuenta que todo lo que añora, lo que ha sacrificado, la vida se lo ha recompensado por otro lado.

Aveces cuando llega al punto de la depresión profunda, aquella que le señala y le recuerda todo lo que no ha logrado ser, son esas vivencias las que la hacen ponerse de pie y querer lanzarse al vacío, sin pensar en nada ni en nadie.

Gabriela aunque fue capaz de aprender varios idiomas, a manejar, a hacer café sin vomitarse al sentir su olor, a sacar las peores manchas de la camisa de su esposo, nunca aprendió a ser madre ni esposa. Sabia que su nota era deficiente en ambas profesiones, y aunque la mayoría de las veces daba su mejor esfuerzo y se empeñaba en sacar la tarea simplemente siente que no nació para tales oficios.
 
No era extraño que ella se obsesionara con compararse con las demás cacatúas del barrio cuando inevitablemente se pavoneaban cerca de ella en las juntas de la escuela, juntas que Gabriela detestaba a morir, o en los actos cívicos, para los cuales la mayoría de ellas se mataban horas y horas confeccionando atuendos, o tratando de que sus hijos se aprendieran las líneas del poema que tenían que recitar o ejecutando una y otra vez un paso de baile especial.
 
Gabriela nunca confeccionó un traje, leyó poemas o practicó pasos de baile con ninguno de sus tres hijos, normalmente alguna tía o su madre se encargaban de ayudar a los chicos con sus deberes y manualidades.
 
Y eso es sólo un pequeño ejemplo de lo que para Gabriela era el hecho de nunca haber activado el chip de madre; había mucho más: nunca supo que remedio era bueno para "x" enfermedad que tuvieran sus hijos, nunca descubrió cual era el postre preferido de cada uno, nunca les escribió una carta de amor, nunca los abrigó cuando ella tenía frío, nunca les castigó por jugar con tierra, por comer lombrices o chicles tierrosos, nunca les comparó con otros niños, nunca les prohibió eructar en público.
 
Sin embargo, y tal vez de forma no premeditada, les enseñó a ser honestos, responsables y revolucionarios en todo lo que se propusieran. Les enseñó caminar derecho, a saludar a las demás personas, a devolver la plata extra de un "vuelto", a atarse los zapatos en 3 segundos, a enrollar las medias, a no sacarse los mocos en público, a lavarse las manos después de ir al baño, a debatir temas basándose en hechos y datos, a pedir perdón de corazón, a no golpear a alguien a menos de que realmente se lo merezca, a defenderse entre ellos, a no disculparse de algo de lo cual no sean responsables.

Como esposa Gabriela tambien era un modelo inoperante; la presión que ejercían tías, abuelas, primas, hermanas, cuñadas y suegras, todas másters en el arte de ser esposa, diosas de la excelencia y la sumisión mimetizada, le producía vértigo. 

Gabriela sabía que sus dientes rechinantes y el desgaste que les producían al friccionarlos durante todas las noches se debía a la tortura de tener que lidiar con ese ejército de arpías, que estaban al acecho, midiendo cada una de sus acciones.

Durante años Gabriela estudió el comportamiento de todas estas señoronas, y repitió una y mil veces sus costumbres, sus delicadezas y ademanes, llegando apropiarse de la personalidad de estas mujeres en todos los sentidos: comía como ellas, reía como ellas, manipulaba como ellas, se excitaba como ellas, se desvivía como ellas en hacerse notar, practicamente pretendiendo ser alguien que no era, alguien que realmente odiaba.


Un par de años le tomó darse cuenta que nunca la presión por ser esposa modelo provino de su esposo, quien siempre la quiso como era.

Ignacio amaba verla roncar mientras dormía placidamente, amaba verla hacer pucheros manipuladores, verla enredarse en sus propias y fantasiosas mentiras, sentarse con ella dos días enteros frente al televisor y sin bañar, verla como al llegar a la fila de pago en el super sacaba todo lo que no pensaba llevar a lo dejaba en cualquier góndola, verla pintar en camisón sus espantosas pinturas.

Para cuando Gabriela se percató de la hora, ya habían pasado dos de estar frente a la ventana.
En cualquier momento Ignacio entraría por la puerta principal, dejaría la comida encima de la mesa, se quitaría el saco y le daría un beso en la frente.

Ignacio fue el enamorado secreto de Gabriela por más de un año; era tan secreto que ella no supo de su existencia hasta que por casualidad una vez esperó el bus a su lado. Cuando ella lo miró no pasó nada, era como un cero a la izquierda, otro poste de luz, una señal de tránsito que le cubría de la lluvia. Cuando él la miró sintió cómo se le derretía el pecho y cómo su incandescente corazón se aceleraba cada vez más.

Cuando trató de hablarle se le atravesaron en la garganta varias frases que le obstruyeron el paso a la voz. Cuando ella observó cómo ese pobre hombre parecía que se atragantaba aguantó la risa y luego lo miró con las más pura y compasiva lástima.

En esa época Ignacio trabajaba frente a la oficina de Gabriela, por lo que no era dificil enviarle con alguno de los mensajeros notas de amor a su escritorio, notas que hacían a Gabriela enoloquecer de alegría.

Lo que nunca previó Ignacio es que un compañero de trabajo de su amada se proclamara autor de sus notas, y gozara a sus expensas de las caricias y miradas de su doncella.

Un día, después de varios meses de enviarle en sus notas pistas que le dieran a entender que era él quien escribía y ver cómo ella no captaba su mensaje se hartó, cruzó la calle que dividía sus oficinas, la buscó y antes de que pudiera agarrarla del cuello y decirle lo bruta que era le declaró su amor.

Después de ese día lo demás es historia, historia archivada en varios albumes de fotos que Gabriela termina de hojear cuando escucha como una llave se introduce en el cerrojo de la puerta principal.

Ignacio llega empapado por la lluvia, deja la comida encima de la mesa, se sacude como un perro callejero el exceso de agua, despeinándose un poco, luego deja el saco en el respaldar de una silla, se acerca a Gabriela pero antes de darle un beso en la frente cambia de dirección y le besa el inicio del seno derecho, luego la mira a los ojos y frota contra su mejilla su crecida, mojada y brillante barba.

Para este momento Gabriela ha dejado que todos sus sueños truncados, deseos fugaces, su inexperiencia como madre y su ineficiencia como esposa se esfumen con el ultimo suspiro del cigarrillo que agoniza en el cenicero.

Que todo se vaya al diablo- piensa Gabriela- mientras bebe del exilir placebo, el amor.
Olvidé comprar el edamame! - piensa Ignacio - mientras desliza su mano dentro de su blusa para acariciar su espalda.